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日志


1月15日

LA CASA DE MIS PADRES

 
La casa de mis padres sufrió tantos cambios como yo; bueno ella los sufrió antes, pero yo sufría estos cambios también. Mi vida se desenvolvía a la par de la de la casa y mi ánimo y mi vida eran un reflejo del aspecto de la misma. A veces pienso que nunca tendríamos que haberla "tocado"....
 
La casa estaba situada en el barrio de San Gervasio/Bonanova, en la zona alta de mi ciudad. Era un barrio señorial, tranquilo y amable. En mis primeros 18 años de vida apenas me moví del barrio. Allí estaba todo lo que podía necesitar: el colegio, la casa de mis primos, las casas de mis amigas, el mercado, parques, tiendas de todo tipo, cafeterías, restaurantes,... y, para mí, aparte del pueblo de la Costa Brava donde veraneaba y la casa de Lita, no existía nada, más allá de mi barrio. Cuando alguna vez acompañaba a mi madre a esos famosos grandes almacenes que todos conocemos, me parecía que no estaba en Barcelona, sino que había ido a otra ciudad. Mi calle y las calles adyacentes eran mi mundo, mi pequeño mundo en el que las caras me eran conocidas y me era fácil desenvolverme. Más allá de eso, me sentía perdida, insegura. ¡Qué mundo tan pequeño tenía! Bueno, más o menos como ahora, no creais que mis miras han crecido demasiado...
 
Era una casa muy hermosa. Sobre el portal, de hierro negro y cristal, había un relieve de unos angelitos rechonchos que se repetía en el mural del baño principal. La llamaban "la casa de los angelitos". María Luisa, la portera, mantenía siempre relucientes los pomos dorados de la puerta y la escalinata de mármol que llevaba al ascensor. En aquella época, las porteras combatían a ver quien tenía su portal más limpio y María Luísa, nuestra pequeña aragonesa, siempre se llevaba la palma. ¡Qué gran mujer, María Luísa! ¡Cómo me quería! Y yo a ella también.
 
La casa constaba de una suitte, dos habitaciones y la zona de servicio: la cocina, el planchador, el office y el dormitorio y el baño de servicio. El salón principal era amplísimo y muy soleado y se separaba del comedor por un enorme arco de medio punto. La habitación de "las niñas" y la suitte de mis padres daban a la parte posterior, donde se encontraban los jardines de los entresuelos. Así, todas las mañanas nos despertaban los pajaritos; al levantar las persianas, la estancia se llenaba de luz; y al abrir las ventanas, nos inundaba el aroma a limón y a mimosas. Era una habitación tranquila en la que pasé muchas horas. Recuerdo la infinidad de veces que, de noche o de día, me quedaba quieta y en silencio mirando a las musarañas o entreteniéndome en mirar el techo, la pared, una lámpara,... cualquier cosa, y pensaba y pensaba. No recuerdo en qué, pero me gustaba ver, contemplar y reflexionar. Mamá y la Tata, decían que me quedaba "encantada".
 
El suelo de la casa era de mármol rosa y las paredes claras. Los muebles de caoba, como los de Lita y, en todas las habitaciones, menos en la de "las niñas", había arañas de cristal. Recuerdo a las chicas de servicio subidas a una escalera limpiando las lágrimas de las lámparas con infinita paciencia, con un paraguas abierto colgado de la lámpara para recojer alguna lágrima que cayera. Pero lo que más me gustaba eran las piezas chinas: En la entrada había un biombo de madera de tres hojas lacado en verde y decorado con exquisitas imágenes de chinos, gueishas y pájaros exóticos. Algunas de estas figuras estaban talladas en la madera. A mí me gustaba sentarme en el suelo y mirar durante un largo rato las escenas del biombo y, cuando me cansaba, me sentaba al otro lado para contemplar las escenas de plantas, jardines y riachuelos tan primorosamente trabajados que se veían en aquella cara. Al lado del biombo, se encontraba la chimenea, que apenas se usó, para mi desgracia, pues mamá decía que encuciaba mucho. Y, sobre ella, un hermosísimo jarrón chino con un enorme centro de flores secas. Mi otra "perdición", el mueble bar que se encontraba en el salón principal. Era un mueble lacado en negro con el mismo estilo de imágenes gravadas y pintadas que el biombo. Se sujetaba sobre 4 patas de madera tallada cubiertas de pan de oro y, bajo ellas, una preciosa mesita a juego con el mueble. Me encantaba cuando se abrían las puertas de este mueble porque se encendía una potente luz que se reflejaba en todos los espejos que escondía en la parte interior. Al tocar la infinidad de copas de todas clases que se escondían allí, la luz salía dispersa en un arcoiris de colores. ¡Cómo me gustaba contemplar aquella especie de milagro!
 
En la parte de abajo de la vitrina, se encontraban unos misteriosos armarios siempre cerrados con llave, En ellos, mi mamá escondía figuritas de cristal de murano, jarritos de porcelana de Limoges y otras maravillas a mis ojos de niña. Ciertamente sobre los muebles, al menos sobre los que alcanzábamos con la mano, no había adorno alguno. Mi madre decía que no dejaba cosas delicadas a nuestro alcance para que no las rompiéramos, pero papá la regañaba y decía que las cosas hermosas están para contemplarlas, no para esconderlas bajo llave y que las niñas debíamos jugar en nuestra habitación. Pero mamá no le hacía caso y, si mal no recuerdo, aquellos tesoros escondidos se dejaron ver para mi petición de mano. ¡Cuánto tiempo perdido!
 
La primera cama que recuerdo, era una cama enorme de madera oscura. Parece ser que era la cama de soltero de mi papá. Había un cuadro en la pared de él vestido de marinero en el día de su primera comunión. Yo veía a un niño muy rubio, con flequillo y de ojos verdes y preguntaba a todo el mundo quien era. Pero, por más que me decían que era papá, no me lo creía ¿Cómo iba a ser papá tan pequeño? "Papá es grande, lleva bigote y seguro que siempre fué así". No podía imaginarme que algún día papá fuera un niño como yo. Más tarde, cuando mi hermana Elisabeth abandonó la cuna, nos compraron una habitación nueva con dos camas. Allí, añadiendo un sillón cama, donde durmió la pequeña Yoli más tarde, dormimos las tres hasta que cumplí los 17 años.
 
Me gustaba mucho que vinieran visitas a casa o que los papás organizaran fiestas, porque entonces sacaban las fundas de florecitas que cubrían los sillones y los sofás y podíamos disfrutar de la maravillosa tapicería que éstas tapaban. Nunca he visto algo tan bello. Era una tapicería de seda bordada en colores pastel. ¡Cómo me gustaba echarme en el sofá y poner la mejilla encima de aquella tela tan suave y fría! Me encantaba tocarla, acariciarla y también mirarla de cerca, contemplar cada flor, cada hoja, cada sombra,... Lo dicho: mis ensoñaciones: pasar el rato así, sin hablar y sin oir, disfrutando de "mi mundo". En aquella época, mientras la casa fué así, hermosa, diáfana, alegre, yo fuí así: una niña, rodeada de cosas bellas, buenas y alegres, sin pensar en que "ahí fuera" la vida no es así.
 
A los 16 años, cuando mi padre tuvo la constructora (tema del que hablaré otro día), aprovechando los tres meses de verano en el que mi madre, mis hermanas y yo estábamos en la Costa Brava, papá nos obsequió con una reforma integral de la casa. Techos, paredes, suelos, muebles, tabiques,... todo, todo desapareció y, cuando volvimos a pisar la casa en septiembre, no reconocimos nuestro hogar. Desde que se fué Rosita (la Tata), aliada incondicional de mi madre, a  ella nadie le parecía bien. Desfilaron por casa decenas de mujeres jóvenes, maduras, gordas, flacas, de aquí, de allá,... pero las despedía a todas. Así que mi padre dijo que, puesto que las niñas ya éramos mayorcitas y podíamos colaborar, se había terminado tener a personas fijas en casa. Dijo que, a partir de aquel momento, acudiría una persona todás las mañanas, pero que se iría a la hora de la cena. A mamá le pareció bien y, de este modo, pude tener una habitación para mí sola. Me dejaron escojer los muebles y, puesto que mis hermanas eran muy desordenadas, el hecho de tener mi propia habitación, ordenada a mi manera, fue el mejor regalo que me pudieron hacer... Pero claro, aquella habitación no daba al jardín, sino que tenía una pequeña ventana que daba al patio de luces. Se acabaron los pajaritos, se acabó el olor a flores y empezó el olor a comida y las transistores de las cocinas de los vecinos... La casa cambió el precioso y brillante mármol rosa de sus suelos por una moqueta (mullida, sí, pero apestosa también). Las paredes se cubrieron de papel dorado con dibujos extrañísimos y, mis preciosos sofás se cambiaron por unos modernos y feísimos sillones y sofás de terciopelo granate. Las arañas de cristal desaparecieron y fueron substituídas por lámparas de pie y sobremesa y los muebles de caoba, por otros más modernos y funcionales. Sólo se salvaron mis preferidos: los muebles chinos, que estuvieron con nosotros hasta el final.
 
La vida de los habitantes de la casa se volvió más lúgubre, más triste, de peor calidad, como lo hizo antes la casa. Pocos años después, el socio de mi padre le estafó y él se dió a la bebida. Mientras el dinero se iba por una puerta, la droga entraba por la ventana y mis dos hermanas cayeron en manos de la heroína. Robos, prostitución, embargos, juicios, cárcel,.... Justamente en aquellos momentos murió Mamá Gran y mi madre cobró una importante herencia; así que ella cogió las riendas de la casa y fue, desde aquel momento, y hasta el fín de sus días, la matriarca de la familia, en detrimento de papá que, de ser el jefe de la manada, pasó a ser poco menos que un paria (pero ésto es harina de otro costal que merece una reflexión aparte).
 
En aquella época empecé a estudiar enfermería y, con el ambiente que había en casa, intentaba pasar la mayor parte de las horas en la calle aprendiendo, estudiando y trabajando para poderme independizar cuanto antes. Entonces conocí a MA y me refugié en su amor y, juntos, dándonos ánimos el uno al otro, terminé mis estudios con alguna matrícula de honor, me saqué el permiso de conducir, me compré un coche y encontramos un piso precioso para poder formar una familia y dejar atrás aquello que ya no era mi familia y donde no reconocía a nadie. Les quería mucho, pero desde dentro no podía ayudarles. Necesitaba espacio y, como así fué después, una vez estuve situada, fuerte y afianzada, nos dedicamos a ayudarles siempre, llegando a hacer las cosas más inverosímiles por ellos.
 
Con los años, mis padres decidieron quedarse a vivir en la casa que tenían en la Costa Brava. Mi padre siempre quiso acabar sus días allí, junto a su mar (que hoy es el mío) y mi madre quiso alejar a mis hermanas del ambiente en el que se habían metido en Barcelona. La casa en la que nací quedó vacía, muriéndose poco a poco, como yo que, en aquellos momentos estaba pasando un mal momento económico. Entonces le sugerí a mi padre que nos diera permiso para arreglar la casa y vivir en ella, pagándole un simbólico alquiler. A mi padre le pareció bien porque así se revalorizaba la casa y él quería que lo que había adquirido con su esfuerzo quedara el día de mañana para sus hijas. Así que MA y yo pedimos un crédito y reformamos la casa de nuevo de arriba a abajo. Dejamos las pareces blancas, diáfanas, cambiamos la lúgubre iluminación por otra más potente, cubrimos los suelos con madera de color claro,... y acomodamos algunos de nuestros muebles, combinándolos con los que había en la casa. Tapizamos sillas, sofás y sillones en una preciosa tela fría de color claro (aquella seda fría y preciosa había quedado gravada en mi mente) y allí pasamos unos pocos años, en los que la vida nos dejó ser felices. Nuestra vida era de nuevo clara, alegre, limpia, como lo era la casa, pero la felicidad duró poco...
 
 
Un día nos llamó mi padre para tener una reunión. "Nena, te necesito", me dijo. Y nosotros acudimos dispuestos a todo. ¿Cómo no iba a ayudar a mi padre cuando él lo había hecho todo por mí? Mi padre nos contó que debían urbanizar un terreno de mi madre y que, para ello, necesitaba liquidez y no disponía de ella y mi madre no creía en el proyecto. Dijo que mi madre prefería vender el terreno sin urbanizar, pero que él, hombre de negocios como era, veía muchísimo más productivo unirse al resto de propietarios de los terrenos contiguos y participar en la construcción de una urbanización que se iba a realizar. Nos contó papá, delante de mamá, que de los 14 apartamentos que nos tocaban, me regalaría uno para lo que quisiera: vivir en él, alquilarlo o venderlo para darlo como entrada para un piso en Barcelona o donde yo quisiera. Evidentemente esta idea me disgustó. Ahora que vivíamos en la casa de nuestros sueños, debíamos venderla... Pero papá nos necesitaba y no le íbamos a fallar. Me dijo papá que me encargara de la venta y me llevara un 10% para buscar una nueva casa. Así lo hicimos. Vendimos la casa en la que nací con toda la pena de mi corazón y, con la comisión que me llevé, logramos un contrato de alquiler con opción a compra por dos años, lo que tardaría en terminarse la construcción de la urbanización.
 
Encontramos una casa perfecta en Gavá, a 16 Km. de Barcelona, cerquísima del colegio de mi hijo, con piscinas, tenis, frontón, cancha de básquet, barbacoa, salón social para fiestas,... Los vecinos encantadores y los guardeses, un matrimonio maravilloso (con los que todavía tenemos amistad). La venta del piso de Barcelona me dolió como si me arrancaran una parte de mí, pero la vida me daba una nueva oportunidad donde mi hijo y nosotros podíamos ser inmensamente felices...
 
Un año más tarde de "morir" la casa que me vió nacer, murió el hombre que más me quiso en la vida: mi padre y con él, murió parte de mí. Desde aquel día nada ha vuelto a ser igual. Dicen mis médicos que no tengo vida; yo entiendo la razón. La vida se me ha ido de las manos. Ha sido tanto el sufrimiento por el que he tenido que pasar que mi mente no lo ha soportado y aquí estoy, respirando como un pez fuera del agua intentando volver al mar, volver a vivir.
 
Ah, se me olvidaba ¿Cómo acabó este tema? Pues de la peor manera posible. Meses después de fallecer mi papá, diagnosticaron un cáncer a mi mamá. Estuvo ingresada en el hospital casi 8 meses y yo con ella: día y noche. Tan sólo la dejaba un día a la semana en la que la cuidaba mi hermana Elisabeth que ya había dejado las drogas (Yolanda andaba por ahí, con su "caballo"). Aquel día yo iba a mi casa a planchar las camisas de MA para la semana y a estar con ellos. De la casa se cuidaba una sra. que pagaba mi mamá (yo no podía). Cuando le dieron de alta, me llevé a mamá a mi casa. Allí la cuidamos lo mejor que supimos, con todo cariño y dedicación, hasta el punto que los médicos no creían que estuviera tan recuperada, con todas las complicaciones que tuvo en el hospital. Mamá les decía "Es que no tengo una hija enfermera, tengo un ángel, Dres"... Cuando se iban a cumplir los dos años del contrato de nuestro nuevo hogar, los dueños de la casa nos invitaron a cenar para hablar de la venta de la casa. Cenamos, pactamos un precio y, al llegar a casa se lo dijimos a mamá, pues ella debía darnos el dinero que habíamos pactado en su día.
 
Sin embargo, mi madre que dos horas antes nos enseñaba a regatear sobre el precio de la vivienda, nos dijo que no sabía de lo que le estábamos hablando. No sólo se negó a darnos el dinero pactado, sino que negó saber nada del trato que habíamos hecho con papá. Incluso negó haber presenciado esta conversación. No le importó que nos quedáramos en la calle pagando todavía el crédito de la reforma del piso que se vendió en Barcelona. Evidentemente no teníamos propiedades ni dinero ahorrado y, con el precio en que estaban las viviendas, no podíamos permitirnos adquirir ninguna. Nos discutimos y le pedí que se fuera de mi casa. Ella se limitó a llamar a Elísabeth para que la fueran a recoger y nunca más supe de ella hasta al cabo de los años....
 
Por más que, con el tiempo, intenté perdonar aquella jugada de mi madre, por más que intenté e intento recordar sus cosas buenas, he llegado a aceptar que aquel día me mostró como era en realidad y lo poco que me quería. Vengó sobre mí todo el odio y el rencor que tenía hacia mi padre y no se paró ni siquiera frente a su nieto, un niño de 12 años entonces, al que dejaba sin hogar, con la nevera vacía y sin ni un sólo euro en el banco. Aquel día me sentí muy cerca de papá. No sé si "me visitó" y me impidió hacer una locura, o si me identifiqué con él al vivir en mis propias carnes el odio y la sinrazón de esa mujer que ambos habíamos amado tanto.
 
 

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