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January 21 MALDITO ESTÓMAGOLlevo días sin escribir porque he vuelto a estar pachucha. Mis tripas se han revelado nuevamente y, aunque esta vez no he vomitado, ni he tenido migrañas, sí se han prolongado los dolores por más tiempo. Se puede decir que he pasado de una crisis grave a otra menos grave, sin apenas espacio. Me preocupa. Pero el próximo 8 de Febrero, el día de la boda de Angelita (los seguidores de Gran Hermano me entenderán), saldremos de dudas. Espero que el alien que se aloja en mis tripas no sea grave y, si lo es, me permita vivir lo suficiente para ver mis sueños realizados: Quiero que mi boda se realice según lo previsto. Quiero sentirme guapa y querida de nuevo. Quiero viajar y disfrutar de la vida con mi MA. Quiero ver a mi hijo sacarse una carrera y obtener un futuro digno. No me gustaría irme ahora, porque sé que nada de esto ocurriría y mi labor en este mundo quedaría sin acabar.
Ojalá tenga tiempo de dejarlo todo encarrilado y de ser feliz por un tiempo. Lo merezco y sé que ocurrirá así. No puede ser de otro modo.
Hoy escribo con dificultad. Estreno gafas (éstas son progresivas) y todavía debo acostumbrarme a enfocar el ojo por el lugar adecuado. Cuando lo hago bien, veo maravillosamente pero, cuando miro por donde no debo, lo veo todo borroso y acabo medio mareada. Espero aprender pronto y poder escribir con más ganas, que tengo mucho que contar.
Ah! El tema que me disgustó el otro día, parece que fue un mal entendido. MA me dijo algo que yo entendí de otra forma y me desmoroné. Anteayer lo hablamos y él me dijo que se trataba de un mal entendido. Confío en él y creo en su palabra. Ojalá no me decepcione pues, si así fuera, y así se lo dije, creo que no lo soportaría. En estos momentos de mi vida, no.
Mañana tengo visita con mi traumatóloga, a ver qué me ocurre en la rodilla y en la muñeca. La primera me sigue doliendo desde la inoportuna caída en el baño y en la segunda sigo teniendo un bultito doloroso que no sé cómo apareció pero que lleva muchos meses conmigo. A ver si me arreglan, que estoy hecha una coca. Luego tengo visita con el anestesista que me dormirá el mes que viene. Pongo la vida en sus manos, así que espero que sepa lo que hace. Sí, será un profesional de primera, seguro. Ya os contaré.
Sigo siendo un pececillo fuera del agua, pero coleteo con fuerza para llegar a ella.
January 16 HOY ES UN DÍA TRISTEHoy es un día triste. Anoche ocurrió un episodio que me recordó las primeras desilusiones con las que me encontré al volar del nido y que fueron decisivas para lo que ocurrió años más tarde... Pero por el momento no os voy a contar de qué se trata. En estos momentos estoy viviendo un sueño del que no quiero despertar y voy a hacer todo lo posible para que nada ni nadie empañe esta felicidad. Así que paso página y os cuento lo que me ha ocurrido esta mañana.
Tenía cita con dos de mis médicos, así que me he ido dando un paseo a la parada del bus. Cuando estaba llegando, se me ha acercado una mujer desconocida amenazándome y gritando como una posesa. Me ha dicho que yo era una ladrona, que mi familia también y que me iba a matar,... Yo me he quedado muerta y me he puesto a mirar por todas partes a ver si encontraba a la policía; pero no había ningún agente cerca. La mujer cada vez gritaba más y, por más que yo andara deprisa, ella me seguía, sin dejar de gritar.
Cuando he llegado a la parada del bus, ella iba tras de mí gritando y yo, muerta de vergüenza por lo que aquella mujer decía de mí y con un miedo terrible a que me diera un bofetón. La mujer estaba fuera de sí.
Entonces me he dado cuenta que la gente de la parada comentaba: "Ya está otra vez igual" y se reían. Una señora me ha dicho que no me preocupara, que es una desequilibrada que se pasa los días siguiendo a la gente y haciendo lo que estaba haciendo conmigo. Otra señora ha comentado que la habían ingresado en un psiquiátrico varias veces pero que, cuando la calman le dan de alta. Un señor se ha añadido al grupo diciendo que un día nos dará un disgusto y entonces la encerrarán durante años, pero que a lo mejor deja una desgracia irreversible tras de sí.
La "gritona" grita que gritarás y amenazándome con matarme a mí y a mi familia. Yo mirando para otro lado, como si la cosa no fuera conmigo, pero con el corazón en un puño. Entonces ha llegado el bus y he subido la primera para perder de vista a aquella mujer. Pero, para mi sorpresa, la mujer se ha subido detrás de mí y, sin pagar billete, ha hecho un miting en pleno bus. En la primera parada se ha bajado y se ha alejado gritando.
Cuando ya iba a respirar tranquila, me he dado cuenta de que aquel no era el bus que debía tomar; de pronto ha cogido la ronda (donde no se puede parar), así es que me he armado de paciencia y me he dejado llevar sin saber adonde iba, intentando disfrutar del paisaje.
Cuando el bus se ha detenido, he bajado y he llamado a mis médicos para contarles lo sucedido y excusarme por saltarme la visita, ya que no llegaba a la consulta del médico ni en broma. Mañana tengo que llamar para volver a pedir hora de visita. Total: toda una mañana perdida y yo sin visitarme.
Pero bueno, no pasa nada. Mañana será otro día y yo sigo intentando sobrevivir. El agua sigue estando ahí, pececillo, y cada vez estás más cerca de alcanzarla.
January 15 LA CASA DE MIS PADRESLa casa de mis padres sufrió tantos cambios como yo; bueno ella los sufrió antes, pero yo sufría estos cambios también. Mi vida se desenvolvía a la par de la de la casa y mi ánimo y mi vida eran un reflejo del aspecto de la misma. A veces pienso que nunca tendríamos que haberla "tocado"....
La casa estaba situada en el barrio de San Gervasio/Bonanova, en la zona alta de mi ciudad. Era un barrio señorial, tranquilo y amable. En mis primeros 18 años de vida apenas me moví del barrio. Allí estaba todo lo que podía necesitar: el colegio, la casa de mis primos, las casas de mis amigas, el mercado, parques, tiendas de todo tipo, cafeterías, restaurantes,... y, para mí, aparte del pueblo de la Costa Brava donde veraneaba y la casa de Lita, no existía nada, más allá de mi barrio. Cuando alguna vez acompañaba a mi madre a esos famosos grandes almacenes que todos conocemos, me parecía que no estaba en Barcelona, sino que había ido a otra ciudad. Mi calle y las calles adyacentes eran mi mundo, mi pequeño mundo en el que las caras me eran conocidas y me era fácil desenvolverme. Más allá de eso, me sentía perdida, insegura. ¡Qué mundo tan pequeño tenía! Bueno, más o menos como ahora, no creais que mis miras han crecido demasiado...
Era una casa muy hermosa. Sobre el portal, de hierro negro y cristal, había un relieve de unos angelitos rechonchos que se repetía en el mural del baño principal. La llamaban "la casa de los angelitos". María Luisa, la portera, mantenía siempre relucientes los pomos dorados de la puerta y la escalinata de mármol que llevaba al ascensor. En aquella época, las porteras combatían a ver quien tenía su portal más limpio y María Luísa, nuestra pequeña aragonesa, siempre se llevaba la palma. ¡Qué gran mujer, María Luísa! ¡Cómo me quería! Y yo a ella también.
La casa constaba de una suitte, dos habitaciones y la zona de servicio: la cocina, el planchador, el office y el dormitorio y el baño de servicio. El salón principal era amplísimo y muy soleado y se separaba del comedor por un enorme arco de medio punto. La habitación de "las niñas" y la suitte de mis padres daban a la parte posterior, donde se encontraban los jardines de los entresuelos. Así, todas las mañanas nos despertaban los pajaritos; al levantar las persianas, la estancia se llenaba de luz; y al abrir las ventanas, nos inundaba el aroma a limón y a mimosas. Era una habitación tranquila en la que pasé muchas horas. Recuerdo la infinidad de veces que, de noche o de día, me quedaba quieta y en silencio mirando a las musarañas o entreteniéndome en mirar el techo, la pared, una lámpara,... cualquier cosa, y pensaba y pensaba. No recuerdo en qué, pero me gustaba ver, contemplar y reflexionar. Mamá y la Tata, decían que me quedaba "encantada".
El suelo de la casa era de mármol rosa y las paredes claras. Los muebles de caoba, como los de Lita y, en todas las habitaciones, menos en la de "las niñas", había arañas de cristal. Recuerdo a las chicas de servicio subidas a una escalera limpiando las lágrimas de las lámparas con infinita paciencia, con un paraguas abierto colgado de la lámpara para recojer alguna lágrima que cayera. Pero lo que más me gustaba eran las piezas chinas: En la entrada había un biombo de madera de tres hojas lacado en verde y decorado con exquisitas imágenes de chinos, gueishas y pájaros exóticos. Algunas de estas figuras estaban talladas en la madera. A mí me gustaba sentarme en el suelo y mirar durante un largo rato las escenas del biombo y, cuando me cansaba, me sentaba al otro lado para contemplar las escenas de plantas, jardines y riachuelos tan primorosamente trabajados que se veían en aquella cara. Al lado del biombo, se encontraba la chimenea, que apenas se usó, para mi desgracia, pues mamá decía que encuciaba mucho. Y, sobre ella, un hermosísimo jarrón chino con un enorme centro de flores secas. Mi otra "perdición", el mueble bar que se encontraba en el salón principal. Era un mueble lacado en negro con el mismo estilo de imágenes gravadas y pintadas que el biombo. Se sujetaba sobre 4 patas de madera tallada cubiertas de pan de oro y, bajo ellas, una preciosa mesita a juego con el mueble. Me encantaba cuando se abrían las puertas de este mueble porque se encendía una potente luz que se reflejaba en todos los espejos que escondía en la parte interior. Al tocar la infinidad de copas de todas clases que se escondían allí, la luz salía dispersa en un arcoiris de colores. ¡Cómo me gustaba contemplar aquella especie de milagro!
En la parte de abajo de la vitrina, se encontraban unos misteriosos armarios siempre cerrados con llave, En ellos, mi mamá escondía figuritas de cristal de murano, jarritos de porcelana de Limoges y otras maravillas a mis ojos de niña. Ciertamente sobre los muebles, al menos sobre los que alcanzábamos con la mano, no había adorno alguno. Mi madre decía que no dejaba cosas delicadas a nuestro alcance para que no las rompiéramos, pero papá la regañaba y decía que las cosas hermosas están para contemplarlas, no para esconderlas bajo llave y que las niñas debíamos jugar en nuestra habitación. Pero mamá no le hacía caso y, si mal no recuerdo, aquellos tesoros escondidos se dejaron ver para mi petición de mano. ¡Cuánto tiempo perdido!
La primera cama que recuerdo, era una cama enorme de madera oscura. Parece ser que era la cama de soltero de mi papá. Había un cuadro en la pared de él vestido de marinero en el día de su primera comunión. Yo veía a un niño muy rubio, con flequillo y de ojos verdes y preguntaba a todo el mundo quien era. Pero, por más que me decían que era papá, no me lo creía ¿Cómo iba a ser papá tan pequeño? "Papá es grande, lleva bigote y seguro que siempre fué así". No podía imaginarme que algún día papá fuera un niño como yo. Más tarde, cuando mi hermana Elisabeth abandonó la cuna, nos compraron una habitación nueva con dos camas. Allí, añadiendo un sillón cama, donde durmió la pequeña Yoli más tarde, dormimos las tres hasta que cumplí los 17 años.
Me gustaba mucho que vinieran visitas a casa o que los papás organizaran fiestas, porque entonces sacaban las fundas de florecitas que cubrían los sillones y los sofás y podíamos disfrutar de la maravillosa tapicería que éstas tapaban. Nunca he visto algo tan bello. Era una tapicería de seda bordada en colores pastel. ¡Cómo me gustaba echarme en el sofá y poner la mejilla encima de aquella tela tan suave y fría! Me encantaba tocarla, acariciarla y también mirarla de cerca, contemplar cada flor, cada hoja, cada sombra,... Lo dicho: mis ensoñaciones: pasar el rato así, sin hablar y sin oir, disfrutando de "mi mundo". En aquella época, mientras la casa fué así, hermosa, diáfana, alegre, yo fuí así: una niña, rodeada de cosas bellas, buenas y alegres, sin pensar en que "ahí fuera" la vida no es así.
A los 16 años, cuando mi padre tuvo la constructora (tema del que hablaré otro día), aprovechando los tres meses de verano en el que mi madre, mis hermanas y yo estábamos en la Costa Brava, papá nos obsequió con una reforma integral de la casa. Techos, paredes, suelos, muebles, tabiques,... todo, todo desapareció y, cuando volvimos a pisar la casa en septiembre, no reconocimos nuestro hogar. Desde que se fué Rosita (la Tata), aliada incondicional de mi madre, a ella nadie le parecía bien. Desfilaron por casa decenas de mujeres jóvenes, maduras, gordas, flacas, de aquí, de allá,... pero las despedía a todas. Así que mi padre dijo que, puesto que las niñas ya éramos mayorcitas y podíamos colaborar, se había terminado tener a personas fijas en casa. Dijo que, a partir de aquel momento, acudiría una persona todás las mañanas, pero que se iría a la hora de la cena. A mamá le pareció bien y, de este modo, pude tener una habitación para mí sola. Me dejaron escojer los muebles y, puesto que mis hermanas eran muy desordenadas, el hecho de tener mi propia habitación, ordenada a mi manera, fue el mejor regalo que me pudieron hacer... Pero claro, aquella habitación no daba al jardín, sino que tenía una pequeña ventana que daba al patio de luces. Se acabaron los pajaritos, se acabó el olor a flores y empezó el olor a comida y las transistores de las cocinas de los vecinos... La casa cambió el precioso y brillante mármol rosa de sus suelos por una moqueta (mullida, sí, pero apestosa también). Las paredes se cubrieron de papel dorado con dibujos extrañísimos y, mis preciosos sofás se cambiaron por unos modernos y feísimos sillones y sofás de terciopelo granate. Las arañas de cristal desaparecieron y fueron substituídas por lámparas de pie y sobremesa y los muebles de caoba, por otros más modernos y funcionales. Sólo se salvaron mis preferidos: los muebles chinos, que estuvieron con nosotros hasta el final.
La vida de los habitantes de la casa se volvió más lúgubre, más triste, de peor calidad, como lo hizo antes la casa. Pocos años después, el socio de mi padre le estafó y él se dió a la bebida. Mientras el dinero se iba por una puerta, la droga entraba por la ventana y mis dos hermanas cayeron en manos de la heroína. Robos, prostitución, embargos, juicios, cárcel,.... Justamente en aquellos momentos murió Mamá Gran y mi madre cobró una importante herencia; así que ella cogió las riendas de la casa y fue, desde aquel momento, y hasta el fín de sus días, la matriarca de la familia, en detrimento de papá que, de ser el jefe de la manada, pasó a ser poco menos que un paria (pero ésto es harina de otro costal que merece una reflexión aparte).
En aquella época empecé a estudiar enfermería y, con el ambiente que había en casa, intentaba pasar la mayor parte de las horas en la calle aprendiendo, estudiando y trabajando para poderme independizar cuanto antes. Entonces conocí a MA y me refugié en su amor y, juntos, dándonos ánimos el uno al otro, terminé mis estudios con alguna matrícula de honor, me saqué el permiso de conducir, me compré un coche y encontramos un piso precioso para poder formar una familia y dejar atrás aquello que ya no era mi familia y donde no reconocía a nadie. Les quería mucho, pero desde dentro no podía ayudarles. Necesitaba espacio y, como así fué después, una vez estuve situada, fuerte y afianzada, nos dedicamos a ayudarles siempre, llegando a hacer las cosas más inverosímiles por ellos.
Con los años, mis padres decidieron quedarse a vivir en la casa que tenían en la Costa Brava. Mi padre siempre quiso acabar sus días allí, junto a su mar (que hoy es el mío) y mi madre quiso alejar a mis hermanas del ambiente en el que se habían metido en Barcelona. La casa en la que nací quedó vacía, muriéndose poco a poco, como yo que, en aquellos momentos estaba pasando un mal momento económico. Entonces le sugerí a mi padre que nos diera permiso para arreglar la casa y vivir en ella, pagándole un simbólico alquiler. A mi padre le pareció bien porque así se revalorizaba la casa y él quería que lo que había adquirido con su esfuerzo quedara el día de mañana para sus hijas. Así que MA y yo pedimos un crédito y reformamos la casa de nuevo de arriba a abajo. Dejamos las pareces blancas, diáfanas, cambiamos la lúgubre iluminación por otra más potente, cubrimos los suelos con madera de color claro,... y acomodamos algunos de nuestros muebles, combinándolos con los que había en la casa. Tapizamos sillas, sofás y sillones en una preciosa tela fría de color claro (aquella seda fría y preciosa había quedado gravada en mi mente) y allí pasamos unos pocos años, en los que la vida nos dejó ser felices. Nuestra vida era de nuevo clara, alegre, limpia, como lo era la casa, pero la felicidad duró poco...
Un día nos llamó mi padre para tener una reunión. "Nena, te necesito", me dijo. Y nosotros acudimos dispuestos a todo. ¿Cómo no iba a ayudar a mi padre cuando él lo había hecho todo por mí? Mi padre nos contó que debían urbanizar un terreno de mi madre y que, para ello, necesitaba liquidez y no disponía de ella y mi madre no creía en el proyecto. Dijo que mi madre prefería vender el terreno sin urbanizar, pero que él, hombre de negocios como era, veía muchísimo más productivo unirse al resto de propietarios de los terrenos contiguos y participar en la construcción de una urbanización que se iba a realizar. Nos contó papá, delante de mamá, que de los 14 apartamentos que nos tocaban, me regalaría uno para lo que quisiera: vivir en él, alquilarlo o venderlo para darlo como entrada para un piso en Barcelona o donde yo quisiera. Evidentemente esta idea me disgustó. Ahora que vivíamos en la casa de nuestros sueños, debíamos venderla... Pero papá nos necesitaba y no le íbamos a fallar. Me dijo papá que me encargara de la venta y me llevara un 10% para buscar una nueva casa. Así lo hicimos. Vendimos la casa en la que nací con toda la pena de mi corazón y, con la comisión que me llevé, logramos un contrato de alquiler con opción a compra por dos años, lo que tardaría en terminarse la construcción de la urbanización.
Encontramos una casa perfecta en Gavá, a 16 Km. de Barcelona, cerquísima del colegio de mi hijo, con piscinas, tenis, frontón, cancha de básquet, barbacoa, salón social para fiestas,... Los vecinos encantadores y los guardeses, un matrimonio maravilloso (con los que todavía tenemos amistad). La venta del piso de Barcelona me dolió como si me arrancaran una parte de mí, pero la vida me daba una nueva oportunidad donde mi hijo y nosotros podíamos ser inmensamente felices...
Un año más tarde de "morir" la casa que me vió nacer, murió el hombre que más me quiso en la vida: mi padre y con él, murió parte de mí. Desde aquel día nada ha vuelto a ser igual. Dicen mis médicos que no tengo vida; yo entiendo la razón. La vida se me ha ido de las manos. Ha sido tanto el sufrimiento por el que he tenido que pasar que mi mente no lo ha soportado y aquí estoy, respirando como un pez fuera del agua intentando volver al mar, volver a vivir.
Ah, se me olvidaba ¿Cómo acabó este tema? Pues de la peor manera posible. Meses después de fallecer mi papá, diagnosticaron un cáncer a mi mamá. Estuvo ingresada en el hospital casi 8 meses y yo con ella: día y noche. Tan sólo la dejaba un día a la semana en la que la cuidaba mi hermana Elisabeth que ya había dejado las drogas (Yolanda andaba por ahí, con su "caballo"). Aquel día yo iba a mi casa a planchar las camisas de MA para la semana y a estar con ellos. De la casa se cuidaba una sra. que pagaba mi mamá (yo no podía). Cuando le dieron de alta, me llevé a mamá a mi casa. Allí la cuidamos lo mejor que supimos, con todo cariño y dedicación, hasta el punto que los médicos no creían que estuviera tan recuperada, con todas las complicaciones que tuvo en el hospital. Mamá les decía "Es que no tengo una hija enfermera, tengo un ángel, Dres"... Cuando se iban a cumplir los dos años del contrato de nuestro nuevo hogar, los dueños de la casa nos invitaron a cenar para hablar de la venta de la casa. Cenamos, pactamos un precio y, al llegar a casa se lo dijimos a mamá, pues ella debía darnos el dinero que habíamos pactado en su día.
Sin embargo, mi madre que dos horas antes nos enseñaba a regatear sobre el precio de la vivienda, nos dijo que no sabía de lo que le estábamos hablando. No sólo se negó a darnos el dinero pactado, sino que negó saber nada del trato que habíamos hecho con papá. Incluso negó haber presenciado esta conversación. No le importó que nos quedáramos en la calle pagando todavía el crédito de la reforma del piso que se vendió en Barcelona. Evidentemente no teníamos propiedades ni dinero ahorrado y, con el precio en que estaban las viviendas, no podíamos permitirnos adquirir ninguna. Nos discutimos y le pedí que se fuera de mi casa. Ella se limitó a llamar a Elísabeth para que la fueran a recoger y nunca más supe de ella hasta al cabo de los años....
Por más que, con el tiempo, intenté perdonar aquella jugada de mi madre, por más que intenté e intento recordar sus cosas buenas, he llegado a aceptar que aquel día me mostró como era en realidad y lo poco que me quería. Vengó sobre mí todo el odio y el rencor que tenía hacia mi padre y no se paró ni siquiera frente a su nieto, un niño de 12 años entonces, al que dejaba sin hogar, con la nevera vacía y sin ni un sólo euro en el banco. Aquel día me sentí muy cerca de papá. No sé si "me visitó" y me impidió hacer una locura, o si me identifiqué con él al vivir en mis propias carnes el odio y la sinrazón de esa mujer que ambos habíamos amado tanto.
January 14 LOS VERANOSLos veranos los pasábamos siempre en la Costa Brava, en el pueblo en el que vivía Mamá Gran. Mis primeros años de vida veraneábamos en su casa pero, al nacer mi hermana Elisabeth, que era muy revoltosa, Mamá Gran sugirió que buscáramos otro alojamiento. De estos primeros veranos no tengo recuerdos específicos, pero sí los tengo de los veranos que se sucedieron a partir de entonces.
La primera casa que alquilaron mis padres era una típica casita de pescadores de una planta, que se encontraba en una tranquila calle sin asfaltar. De esa casa sólo recuerdo la chimenea que estaba adornada por dos "bichos" disecados que me daban pavor. Uno era una ardilla y el otro una lechuza.
Recuerdo que por las mañanas íbamos a la playa y por las tardes jugábamos en la calle. No sé si había más niños, pero sí recuerdo perfectamente que jugábamos con el vecino de al lado. Era un niño de la edad de mi hermana Elisabeth, pero era distinto. No sabía comer solito y su mamá le daba una papilla para merendar, mientras nosotras comíamos un bocadillo. Tampoco andaba. Siempre estaba sentado en su silla o en una alfombrita en el suelo. Cuando hablaba no se le entendía y, a menudo, se le caía la baba. A lo mejor es que no sabía hablar. Se llamaba Jordi y estaba muy gordito. Tenía los ojos achinados y siempre se reía. A mí me gustaba mirarle y darle juguetes. Él los tiraba para que yo los recogiera. Y entonces se reía a carcajadas, y yo con él. Me gustaba mucho su compañía y a él la nuestra. Cuando caía la tarde y nos llamaban para cenar, nos depediamos de él con un beso y él se agarraba muy fuerte a mi cuello y me mojaba la mejilla al besarme. Era como un bebé grande y un poco bruto, pero a mí me gustaba jugar con él. Su mamá siempre nos miraba con dulzura y agradecimiento. Parecía que estaba tranquila cuando nosotras jugábamos con su niño, porque así ella aprovechaba para hacer sus cosas.
Dos años más tarde cambiamos de casa. Esta vez estábamos delante del mar, en el paseo marítimo. Mi padre decía que el mejor lugar de la bahía estaba en el puerto, concretamente donde estaba situado el palacete de la familia D y que, algún día viviríamos allí. Mi madre le tomaba por loco y le dejaba hablar. Mi padre, por el momento, se conformó en alquilar aquella casa que estaba próxima al lugar de sus sueños. La casa tenía la puerta azul. Era igual que otras tres casas que estaban a su lado. Eran casas iguales, pero cada una tenía la puerta de un color. La de mi lado era verde oscuro; la del otro lado, verde claro; y la de más allá, amarilla. Era una casa de dos plantas, con un balcón como el de Mamá Gran, a pie de calle, donde veíamos a la gente pasear. También tenía chimenea, pero ésta no tenía "bichos". A cada lado, unas inmensas vidrieras que llegaban hasta el techo, contenían vajillas blancas y cristalerías talladas en color ámbar. Parecían muy antiguas y nunca las usamos. En la parte de atrás, un pequeño jardín separado del de al lado por una verja de hierro y algunas plantas. A menudo, a través de la verja, veíamos al vecino. Parecía que nos espiaba y, a nosotras nos daba miedo y asco. Era un hombre mayor que mis padres, un poco calvo y con gafas. Sus ojos grandes y claros, carecían de vida. Parecían los ojos de un besugo. Era un hombre muy raro. Nunca recibía visitas y su casa siempre estaba en silencio. De vez en cuando, este silencio se rompía por un grito de mujer. Era una voz ronca que le llamaba: "¡Xavier!" Y él acudía presto, casi asustado. Luego supimos que se trataba de su madre, una mujer muy anciana, alta y vestida siempre de negro, con el pelo blanco recogido en un moño mal peinado. Nunca salía al jardín, sólo asomaba medio cuerpo por la puerta y dejaba ver una cara enjuta y con gesto enojado.
El hombre, a menudo, le decía a mi madre: "¡Qué niñas tan guapas tienes!" (el hombre conocía a mi madre de la niñez), y mi madre sonreía sin ganas. Un día nos regaló un puzle de su infancia. Se trataba de cubos de cartón con distintos dibujos en cada cara. No recuerdo los dibujos, pero eran antiguos y el puzle olía a rancio. Nos daba asco tocarlo y nunca jugamos con él.
Cuando veníamos de la playa, mamá o Rosita ( la tata), nos llevaban al jardín y nos quitaban la arena con una manguera. Luego nos quitaban allí mismo el bañador y nos envolvían con una toalla para secarnos y que no mojáramos el suelo de la casa. Más de una vez me pareció ver al vecino espiándonos, pero la Tata decía que eran cosas mías. Yo sólo sé que me negué a la práctica de la manguera y que eso me costó una buena bronca de mi madre y la Tata. Sólo me apoyó papá (como siempre) que dijo que, como viera al vecino espiándonos, le partiría la cara y desaconsejó que nos quedáramos desnudas en el jardín. Mamá me riñó por "liarla", porque papá era capaz de eso y más. Pero yo me salí con la mía y me quité la arena en el baño, como hacían los mayores. Al final, convencí a mi hermana Elisabeth para que hiciera lo mismo y sólo a Yolanda, a la pequeñita, la duchaban en el jardín. La Tata jamás hubiera desistido, pues Yolanda era su niña y el hombre, su amigo.
En la planta superior sólo se hallaba la habitación de la Tata y un patio donde se tendía la ropa. A mí me encantaba la habitación de la Tata. Era muy luminosa y tenía una parte del techo inclinada. Los muebles eran antiguos y bonitos y la habitación era cálida y romántica. Pero a la Tata no le gustaba que andáramos por allí y siempre nos echaba. Mi hermana Elisabeth y yo subíamos a escondidas y jugábamos a señoras antiguas. Luego salíamos a la terraza a mirar los nidos de golondrinas. La Tata se enfadaba porque ensuciaban el patio y a nosotras nos echaba de allí y les decía a mis padres que jugábamos con la ropa tendida y se la manchábamos. No era verdad, pero mamá nos reñía.
Años más tarde, murió la anciana del palacete del puerto y se construyeron pisos en el terreno que ocupaba el palacete y sus jardines. Nada más enterarse del proyecto, mi padre dió una paga y señal y eligió sobre plano el mejor piso: un cuarto de cinco y en la segunda escalera (hay cuatro), justo donde la dueña del palacete tenía su dormitorio y que, según papá, que conocía la casa, era el lugar donde se divisaban las vistas más hermosas de todo el pueblo.
En cuando se terminaron las obras fuimos los primeros vecinos en ocupar nuestra nueva casa. Se trataba de un piso grande, con un salón enorme y luminoso, cuatro dormitorios y dos baños, terrazas en la parte posterior, en los dormitorios, que daban a un pequeño y precioso jardín y, lo más importante, una impresionante terraza, en la parte delantera, con vistas a la bahía. ¡Qué razón tenía papá! Los amaneceres viendo las barcas de pescadores salir a la mar; las tardes viéndoles regresar a puerto seguidas por una bandada de gaviotas anhelantes del pescado que llevaban a bordo; los ocasos con el sol escondiéndose en el horizonte y el cielo cambiando de color: ocre, dorado, rojo, anaranjado, añil,... Ver aparecer el barco de papá: El Tabardillo, cual bajel pirata, con su alto mástil, con el trampolín de proa amenazando a las olas, con su porte elegante y magestuoso, y yo, buscando a papá, que generalmente era quien pilotaba y estaba en el interior, pero que, a veces, salía a cubierta a saludarnos. ¡Qué hermosura tan indescriptible! Gracias, papá, por darnos tanto. Papá se despertaba al amanecer, o a media noche y salía a la terraza y pasaba horas y horas contemplando el paisaje. "Mira, nena- me decía- qué maravilla. Es como contemplar un cuadro vivo. El mar cambia constantemente y mira el cielo ¿Has visto algo más hermoso?" Yo le cogía del brazo y miraba hacia donde miraban sus ojos. Quería captar todo lo que él veía y, embelesada y feliz, le respondía: "No, papá. Esto es el paraíso" Entonces él, complacido, me besaba y nos manteníamos abrazados y en silencio durante largos ratos, ajenos a todo y disfrutando de tanta felicidad. ¡Qué maravillosos años pasamos en aquella casa! La casa de papá, mi casa... ¡Y pensar que hace siete meses, el día que murió mi madre, la pisé por última vez!... ¡Y pensar que la casa que papá compró con tanta ilusión y en la que quería que crecieran sus nietos, mi hijo ya no podrá pisarla nunca más!... Murió papá y la casa pasó a ser de mamá. Murió mamá y, quince días antes de fallecer, cuando estaba en su lecho de muerte conectada a un montón de máquinas, confundiendo a mi tía con su madre y creyéndose una niña, firmó un nuevo testamento en el que dejaba como heredera universal de todos sus bienes a mi hermana Elisabeth. Poco después, sin tiempo a haber protestado por la "jugada maestra" de mi hermana y sus consejeros, ella le dijo a mi marido por teléfono que "los tres" (mi marido, mi hijo y yo) habíamos muerto para ella. Y con estas palabras enterré a la única hermana que está todavía aquí, pues a la pequeña, a Yoli, se nos la llevó la droga hace unos años.
Papá, qué triste debes estar en "tu aquí"... Pero no te apures, "los tres" somos felices. No tenemos riquezas, pero somos millonarios en amor y eso, mi querido papá, y tú lo sabes, es lo único importante en la vida. Eso y la salud, de la que no estamos sobrados pero, si Dios lo quiere (que lo querrá), la iremos recuperando poco a poco.
Me he puesto un poco triste al recordar todo esto. Me duele no poder volver a ver el mar desde "mi" casa (que lo es, digan lo que digan las escrituras); pero me compensan los maravillosos años en los que sí pude hacerlo y que, sin tu esfuerzo, papá, no hubiera sido posible. Y ¿sabes, papá? desde mi "otra" casa, la que hemos comprado junto con MA, no se ve el mar, pero lo tengo cerca y, lo más importante, lo llevo en el corazón, como tú, como tu papá, como el papá de tu papá. Somos una familia marinera y eso sólo lo entendemos nosotros. Te quiero, papá.
January 11 VA A HABER BODAHoy no escribo recuerdos. Hoy escribo proyectos. VA A HABER BODA. No, no es mi primera boda. No soy ninguna jovencita. Es mi segunda boda, pero el novio será el mismo: mi adorado MA. Se podría decir que celebraremos nuestras bodas de plata: 25 años de convivencia, ero no es del todo así. Nos casamos por primera vez el 23 de septiembre de 1981, siendo casi unos niños. Nos separamos hace unos 5 años y, un año y medio después, volvimos a vivir juntos. Así que en este maravilloso 2008 que acaba de nacer, es cuando llevaremos 25 años reales de convivencia. Por eso, porque el nuestro no ha sido un matrimonio al uso y en estos momentos estamos legalmente separados, hablamos de BODA.
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Lo habíamos hablado mucho pero, hasta anoche, no lo decidimos. ¡Soy feliz! "El novio" es un hombre maravilloso. El mejor hombre del mundo, al que adoro y hoy, a mis "taitantos" años, puedo decir con la boca grande que es el hombre con el que quiero envejecer y compartir todos los días de mi vida. Ahora sabemos que deseamos vivir juntos para siempre con la misma ilusión del primer día, con nuevos proyectos, con nuevas espectativas que ojalá vivamos muchos años para poderlos cumplir. ¿El principal? Amarnos y ser felices junto a nuestro hijo y poder disfrutar de las pequeñas cosas que la vida te brinda cada día y que, hasta el momento, no les habíamos dado la importancia que merecen ni el lugar que les corresponde. Ahora toca vivir y estamos dispuestos a hacerlo.
Y os preguntareis: "Si ese hombre es tan maravilloso, si os quereis tanto ¿Por qué os separasteis?" Parece una incongruencia ¿verdad?. Sin embargo no lo es. Tú, en tu juventud, planeas una vida, pero la vida no se deja planear y, a veces hace cosas que... Es que no se trata sólo de amar a alguien, porque si fuera por eso, jamás hubiéramos tenido la valentía de separarnos y a de volver a estar juntos, más tarde. Pero el amor, a veces, no es suficiente. Pero bueno, eso es harina de otro costal del que hablaré en otro momento. Hoy quiero hablaros de la felicidad que siento. Es tan grande como lo fué la primera vez que MA y yo decidimos casarnos y emprender un proyecto de vida en común. Ahora andamos con paso firme. Ya hemos vivido ese proyecto de vida en común y nos gusta. Lo hemos hecho bien y somos felices por ello. Ahora ya no hay fantasmas que puedan empañar nuestra felicidad y por eso, ahora vamos a disfrutar de esta nueva "boda-a-nuestra-manera", viviendo con ilusión cada preparativo, cada detalle, cada invitado, eligiendo un traje de novia "a mi gusto" y ¡el viaje de novios! ¡Síiiii! Esta vez sí habrá un verdadero viaje de novios: Nos vamos a Egipto. Queremos hacer un crucero por el Nilo y ver las pirámides, los templos, los museos, andar por los mercados, mezclarnos con la gente, ... Queremos sentirnos faraones en la tierra de los faraones. Tutankamon y Nefertiti, los reyes más bellos de la historia egipcia. ¿Nos dejará su pueblo? ¿O sus disturbios y secuestros exprés desaconsejarán que conozcamos su hermoso país?... No quiero pensarlo. Sé que saldrá bien y que, por primera vez en la vida, cruzaremos juntos nuestras fronteras y viajeremos a un lugar mágico que siempre quise visitar... Y navegar por el Nilo en un barco maravilloso... Y ver los anocheceres del Sáhara,... Y sus noches tan... "blues" ¿Verdad, Sahara Blue? (permitidme este guiño a un amigo enamorado del Sahara).
¿Y la boda? En principio pensé en renovar nuestras promesas en la Iglesia, en invitar a mis tías y a todos mis primos y primas con sus hijos... Sin embargo, pensándolo mejor, no lo voy a hacer. Quiero que ese sea el día más feliz de mi vida y sólo me rodearé de la gente con la que me siento cómoda. No quiero a nadie que me recuerde tristezas vividas, momentos amargos y desamores. No quiero otra boda multitudinaria donde apenas conoces a un grupo de invitados. No quiero compromisos ni amistades que no han sido tal. No quiero una boda social.Tampoco quiero emocionarme ante el altar recordando a quienes ya no están entre nosotros: Mis papás, mi hermana, el papá de MA, su tía, mi Lita, mis tíos, ...Así que sólo estará la familia de MA (unas 38 personas) y el mejor amigo de mi hijo que es como un hijo para mí. Se reunirán 4 generaciones. La mayor, la mamá de MA, que tiene 88 años, y el menor A, nuestro sobrino nieto, que cumplirá entonces un añito. En medio, hijos, hijas, yernos, nueras, nietos, nietas y sus novios y novias. ¡Qué gozo! ¡Cuánta "gente guapa"!
Quiero celebar el banquete en un precioso hotel de mi localidad que se encuentra en un acantilado... El aperitivo en los jardines, a la luz de las estrellas y con el mar bajo nuestros pies. La cena y el baile en un precioso y espacioso salón con una confortable temperatura, que Agosto en mi tierra es el mes más caluroso del año. Quiero a un DJ que amenice la velada con música suave y el baile con mucho ritmo, que nos sentimos jóvenes. ¿Nos sentimos? ¡No, no! ¡Somos jóvenes todavía!
No voy a vestirme de novia "al uso" que eso ya lo hice una vez. En esta ocasión, para "nuestra" boda (y no la de otros) quiero un vestido de fiesta largo y escotado en gris perla o gris plata o champagne. De raso, de encaje o de tul, no lo sé. Pero quiero que sea elegante y a la vez algo atrevido (tengo que ponerme a dieta hoy mismo). Quiero calzar unas sandalias de pedrería con un tacón impresionante. El pelo en un semi-recojido. Algo que me favorezca y que sea actual. Bailaré con mi marido y con mi hijo. ¡Qué honor! (Tengo que pensar en los temas lentos que vamos a bailar. Creo que uno de ellos será el que Ángela, la consursante invidente de Gran Hermano IX eligió para su boda. Me gusta ese tema, aunque tengo que averiguar de cual se trata). Voy a prescindir del vals y de temas de nuestra época que ya sonaron en nuestra primera boda. Repito, esta es "nuestra" boda y será a "nuestra" manera. Estamos en el siglo XXI y nada nos recordará al pasado siglo. Sería muy triste y eso no lo vamos a consentir. Esta será una boda en la que vamos a disfrutar y cuyos límites, si los hay, los marcaremos nosotros: los novios, mi MA y yo.
Luego, cuando los invitados se hayan ido, subiremos a una suitte a celebrar nuestra noche de bodas y ahí empezará nuestra verdadera luna de miel, esa que hace 25 años no pudimos disfrutar. Haremos el amor mirando al mar, sin prisas y con los cinco sentidos. Esta vez no va a haber alcohol que nos nuble los sentidos. Vamos a disfrutar de verdad de esta segunda oportunidad que la vida, que un día nos lo arrebató todo, hoy nos regala.
Por la mañana desayunaremos en la terraza de la suitte, oliendo a mar, escuchando al mar, contemplando el mar y luego nuestro hijo nos llevará al aeropuerto donde partiremos hacia el país de los faraones. MA y yo, solos, a disfrutar de esta maravillosa experiencia y a llenarnos de vida. Regresaré "curada", lo sé, porque mis médicos dicen que, aunque respire y mi corazón lata, no tengo vida. Estoy vacía. Me he quedado vacía. Me han arrebatado la vida a puñados y ya no me queda. Ese dicen que es mi mal. Sin embargo yo sigo aquí, con hambre de vida y ahora tengo la oportunidad de llenarme de vida de nuevo y de volver a vivir. Y prometo exprimir cada gota de vida que me sea devuelta. Sé que me llenaré de fuerza, de energía, de vitalidad. Porque por el momento ya he ganado mucho: he vuelto a tener esperanza e ilusión. Ahora sólo hace falta seguir abierta a lo bueno que me queda por vivir, que es mucho. Y devolveré al amor de mi vida todo lo que él me ha dado. Esta mujer que escribe está renaciendo de sus cenizas y volveré de Egipto poseída por la diosa de la vida y, aun a mis años, sé que volveré a trabajar, me sentiré bien y podré regalarle a mi esposo algo que siempre le quise regalar y nunca he podido hacer realidad.
VA A HABER BODA, sí, sres. Y estais todos invitados. Colgaré las fotos del evento y brindaré con todos vosotros. Ah! y desde el mágico Nilo os haremos partícipes de las maravillas que vean nuestros ojos. ¡Palabra de honor!
January 04 LA CASA DE MAMÁ GRANMamá Gran era la madre de mi madre. Siempre fue una mujer mayor. Se casó mayor, tuvo hijos mayor y, claro, tuvo nietos cuando ya tenía una edad avanzada. Lita se llevaba 18 años con mi padre. Mamá Gran, por su parte, se llevaba 35 años con su hijo mayor. Tuvo 5. Mi madre era la 4ª. El tío Antonio murió de niño. El mayor, el tío Jaime fué mi padrino. ¡Qué hombre tan fascinante!
La casa de Mamá Gran fué en su época la más alta del pueblo. Estaba en la playa, justo en medio de la bahía. Dice un libro de Joaquim Ruyra, que servía de guía a los navegantes en los días de tormenta, cuando el faro del puerto no estaba encendido. Tenía tres plantas y el desván. Era una casa austera y un poco lúgubre. Nada tenía que ver con la luminosa y ostentosa casa de Lita. La casa de Mamá Gran era un reflejo de ella, como de Lita lo era la suya.
Mamá Gran era una mujer de mediana estatura y con curvas, bien proporcionada. Parecía anclada en el tiempo, allá a principios del siglo XX. Siempre vestía de negro. Cuando se casó lo hizo de negro, pues estaba de luto de su padre. En septiembre de 1936, cuando todavía vestía de luto, murió su marido en la guerra y ella ya no se quitó el luto jamás. En los últimos años de su vida, llegó a ponerse alguna blusa blanca, algún jersey gris, o algún chal color malva. Pero éstos fueron los únicos colores que le vi vestir.
Tenía joyas muy antiguas, de su madre y de su abuela, pero apenas se adornaba con nada. La mayoría las vi por primera vez cuando murió. Sí, Mamá Gran era una mujer sobria y muy religiosa. Era mujer de pocas palabras y apenas la vi reír. Sonreía a menudo, eso sí; pero su sonrisa era triste, como sus enormes ojos azules, de un azul clarísimo, casi transparente, como mi mamá. Imagino que su mirada reflejaba el sufrimiento por tantas pérdidas como tuvo en su vida: padres, abuelos, su marido, un hijo y 15 hermanos murieron antes que ella. Mamá Gran tenía la piel tersa y muy blanca, pues no le gustaba tomar el sol. Solía estar siempre en casa, recibiendo visitas, y sólo salía para ir a la iglesia todos los días, mientras pudo caminar. Luego era el párroco del pueblo quien le traía la comunión a casa.
Cuando entrabas a casa de Mamá Gran, te daba la bienvenida un Sagrado Corazón de Jesús con la inscripción "Ave María Purísima". A la derecha, la sala del piano. Los muebles de madera oscura y tapizados de terciopelo color burdeos. En una pared, pinturas de hojas, firmadas por Mamá Gran. Era una gran pintora, pero sólo pintaba hojas... Al frente un retrato de mi abuelo: un hombre afable y bondadoso, calvo y algo rellenito, con una mirada tierna y una pícara sonrisa. ¡Qué pena no haber conocido a mis abuelos! Al marido de Lita tampoco lo conocí. También murió en la guerra, pero a punto de finalizar ésta, en 1939. Al lado del abuelo, un retrato de cuerpo entero de Mamá Gran en su juventud. ¡Qué porte tenía! Vestía un traje de gala negro brillante, se diría que de raso, con mangas abuñoladas hasta el codo y estrechas hasta la muñeca. Posaba de media espalda y llamaba la atención el miriñaque terminado en una pequeña cola que adornaba su espalda. El peinado del retrato era el que mantuvo hasta el día de su fallecimiento: el pelo oscuro y muy largo en un recojido hueco, sujetado arriba formando un moño redondo y plano, adornado por pequeñas peinetas de carey. Era el mismo peinado que llevaba Kate Winslet cuando protagonizó Titanic. Al otro lado de retrato del abuelo, aparecían tres niñas pequeñas sentadas en un banco y un niño algo mayor de pie a su lado, todos vestidos de fiesta. Quizás se trataba de la primera comunión del niño, pues vestía de marinero. Eran mis tíos y mi mamá. En la pared del fondo, como no, el piano, el protagonista de la estancia. Un piano antiguo con dos candelabros de plata adosados que sujetaban tres velas cada uno. A su lado, una mesita con partituras; al otro lado, una estantería presidida por un retrato al óleo de una extraña mujer. Nunca supe quien era, pero su mirada me atemorizaba. Siempre que me sentaba al piano, intentaba no girar la cabeza para no verla y, si lo hacía, salía despavorida. Sobre el piano, un enorme retrato de Santa Cecilia, patrona de los músicos y, debajo de él, una colección de pequeños retratos de compositores clásicos: Bach, Beethoven, Haendel, Mozard, Vivaldi,....
Mamá Gran adoraba la música y tocaba el piano con gran maestría. Sin embargo, ni sus hijos ni sus nietos quisieron seguir sus pasos. Sólo yo, la séptima de sus nietos adoraba el piano. Ella siempre quiso que aprendiera, pero mis padres no estaban por la labor. Sin embargo, cuando estaba en el colegio, aprendía de mis amigas, las que recibían clases de piano y, cuando iba a casa de Mamá Gran, siempre le pedía permiso para tocar y ensayar lo que había aprendido. Y ella se entusiasmaba y me decía "Claro que sí, hija mía, ve, corre ve" Y me escuchaba con suma paciencia y atención, desde la habitación en la que se encontrara y, cuando regresaba a su lado, los ojos le brillaban de felicidad. Sólo en aquellas ocasiones ví a Mamá Gran feliz de verdad. Al final logré tocar con cierta soltura mi "obra maestra": El claro de luna de Beethoven y ella me aplaudió emocionada. Yo la adoraba, aunque de una forma distinta a Lita. Tal vez era porque la tratábamos todos de usted, o porque era muy mayor, o porque se me mostraba más lejana, pero el trato con cada una de mis abuelas era completamente distinto, aunque las quisiera a las dos.
Frente a la sala del piano, la sala de verano. Allí recibía Mamá Gran a las visitas en verano, los últimos años de su vida, cuando sus piernas no le permitían salir al jardín. En esta habitación le gustaba jugar a cartas con nosotros, sus nietos. Jugábamos a la brisca y ella nos hacía trampas y siempre ganaba. Un día la descubrí y ella me lo negó, muy seria. Pero el tiempo demostró que le encantaba hacer trampas y que lo hizo hasta el último momento. ¡Qué gracia! A su lado, el despacho del abuelo. No era muy grande, pero estaba llenísimo de libros y papeles. Lo alumbraba una luz amarillenta. Era un poco triste. Sobre la mesa, su escribanía, sus tinteros, sus plumas. A mí me causaba mucho respeto tocarlo, pero lo hacía amenudo para sentirme cerca de él.
Al fondo, el comedor, con una gran mesa central, dos vitrinas que mostraban colecciones de vajillas y cristalerías antiguas, una mesa camilla con dos butacas y la gran chimenea, mi lugar preferido en los inviernos, con dos confortables sillones a cada lado de la misma. Allí es donde se sucedieron los más grandes acontecimientos familiares, las decisiones más importantes, las celebraciones más alegres y las discusiones más acaloradas. Aunque Mamá Gran nunca se acaloró. Siempre permanecía serena. No se alteraba por nada. Hablaba poco y mostraba menos. Era una gran dama "de aquella época".
La enorme cocina mantenía unos fogones de carbón que le daban un exquisito y peculiar sabor a la comida. Tenía varias puertas: una daba a la despensa de "colmado", donde guardaban el aceite, el arroz, la sal, en café, ... La otra a la despensa de la huerta, donde se dejaban los productos del campo que los masoveros o el mismo tío Jaime, el hijo soltero de mi abuela, mi padrino, traían de las fincas. Otra puerta daba a la carbonera, otra al jardín y otra al comedor.
El jardín tenía muchas flores, dalias en su mayoría, que Mamá Gran cuidaba con esmero. Había un cuartito: "el cuarto del motor", en el que un extraño artilugio funcionaba día y noche. No sé qué utilidad tendría. Otro habitáculo guardaba las herramientas de jardinería y algunos juguetes de mi madre y sus hermanos: un triciclo de hierro, una pequeña mecedora,... Allí no se deshechaba nada. Abrir cada puerta, cada armario, cada cajón, era como descubrir un tesoro. Una puerta daba al sótano, donde se encontraban los lavaderos. Al fondo, bajo unas columnas de piedra, el porche, al que llamaban "comedor de verano". Era muy bonito. Era el lugar más luminoso de la casa y, desde él, se veía el mar.
Estaba presidido por una enorme mesa central, rectangular, con sus 14 sillas. A un lado, unos bancos de madera que ocultaban más objetos antiguos: revistas, unas calabazas huecas que habían servido de flotador a los antiguos niños de la casa, cubos y palas para hacer castillos en la arena, sombreros de paja, gorras de marinero,... tesoros y más tesoros para los nietos de Mamá Gran. Al fondo, una mesa redonda con dos butacas y dos mecedoras. Estaban frente el gran balcón, que quedaba a pie de calle y donde Mamá Gran y sus visitas pasaban horas y más horas mirando al mar y saludando a los transeúntes que paseaban delante de su casa. Veo ahora a Mamá Gran sentada en su mecedora, con sus pies cruzados y haciendo exquisitas puntillas de frivolitée, su gran pasión. La espalda erguida y la cabeza levemente ladeada. Ésta era su postura siempre. Era una gran señora. En el jardín, una mesa con cuatro silloncitos, todo de hierro pintado de blanco, donde desayunaban Mamá Gran y el tío Jaime en verano, antes de que el sol lo inundara todo.
En la primera planta se encontraba la capilla, donde el tío canónigo de mi madre ofrecía Misa. Más tarde lo hicieron el primo jesuíta de mi madre, que me casó, o el párroco del pueblo. Allí se celebraba la Misa de Navidad (a la que nunca asistí por estar en Barcelona), la del santo de Mamá Gran y la del santo del abuelo. Éstas se celebraban por la mañana y asistíamos toda la familia (nos reuníamos unas 30 personas). Luego desayunábamos todos juntos una gran chocolatada con bizcochos, croissants y ensaimadas. ¡Era muy divertido! ¡Todos los primos juntos! La casa, siempre silenciosa, se llenaba de risas, de gritos, de alborotos. Niños corriendo aquí y allí y la pobre Catalina, la criada, persiguiéndonos para que no nos metiéramos en el despacho del abuelo. ¡Pobre mujer, qué mal la tratábamos! ¡Cómo nos gustaba hacerla rabiar! Era una pobre anciana, pequeña y enjuta, que bailaba literalmente dentro de su negro uniforme que casi le llegaba a los tobillos. Hasta habíamos inventado una canción a su costa que le cantábamos todos a la vez para hacerla enfadar y que no reproduzco por vergüenza. ¡Qué crueles son los niños!
Al lado de la capilla, la habitación donde se guardaban los objetos sacros (copones, patenas, libros sagrados, vestiduras de misa,...). Olía especial y se respiraba mucha paz allí. Mamá Gran decía que era porque siempre habían hostias consagradas y, por tanto, allí estaba El Señor. Al lado, la habitación del tío canónigo, la más lujosa, después de la de los abuelos, a dos niveles, con un gran salón y una enorme cama con palio. Al otro lado del piso, la habitación del tío Jaime, a dos niveles también y con su propia chimenea. Frente a ella, la que había pertenecido a la madre de mi abuela y ahora utilizaban los invitados.
En la segunda planta, la habitación de mis abuelos. Un enorme tapiz con escenas de ángeles cubría toda la paerd de la cabecera de la cama. En el salón adjunto, un sofá, dos sillones y una chaise longue, tapizados de seda color rosa palo. Imagino a Mamá Gran tumbada en la chaise longue y a mi abuelo dibujándola, cual Leonardo Di Caprio a Kate Winslet. ¡Qué romántico! En una pared, el tocador de mamá Gran y, a su lado, un enorme armario de 4 puertas con espejos. Debajo de él, en el suelo, una piel de no sé qué animal con cabeza y una enorme boca abierta. Yo procuraba no pisarla, por si el animal revivía y me mordía. En la última pared unos enormes ventanales daban a una terraza desde donde se veía el mar y toda la bahía. ¡Hermosísimo! Una puerta daba al baño privado de los abuelos. Era grande, muy grande y, lo que más me gustaba era la bañera con patas. Nunca he visto otra, excepto en las películas.
En la tercera planta se encontraban las habitaciones de las niñas (mi madre y mis tías). Eran pequeñas y muy sobrias. Escasas de muebles y nada femeninas. Parecían más habitaciones de internados. No sé porque eran así. Allí también se encontraban las habitaciones del servicio, ahora todas desocupadas menos una. Y, en la última planta, el desván donde, además de alfombras y muebles viejos, siempre había montañas de cacahuetes. ¡Cómo nos gustaba a mis primos y a mí, tumbarnos encima del maní!
Cuando murió Mamá Gran, mi padre, que era constructor, derribó la casa y construyó un edificio de pisos. ¡Qué lástima! Todos aquellos recuerdos se quedaron en eso, recuerdos, cada día más lejanos y borrosos. Por eso los escribo, porque, cuando pasen los años, quiero poder revivir todo aquel cúmulo de sensaciones de mi infancia.
January 03 LA CASA DE LITALlamábamos Lita a la madre de mi padre. Era una mujer alta y delgada. Tenía una figura estupenda y era muy guapa. Las facciones grandes la hacían tremendamente atractiva: aquellos ojos almendrados de un azul precioso y adornados por largas y espesas pestañas, tenían tanta vida... La boca grande y carnosa, el cabello de un rubio clarísimo, siempre impecablemente peinado,... Era bella, muy bella, elegantísima y muy presumida. Siempre iba perfectamente maquillada y elegantemente vestida. No soportaba la moda prête a porter y siempre usaba vestidos hechos a medida. Las telas las traía de los múltiples viajes que realizaba cada año. Su baño diario era una ceremonia: espuma, sales, cremas,... todo un ritual. La peluquera y el podólogo acudían a su casa. A ella no le gustaban las multitudes y prefería que se desplazaran ellos a su domicilio. Le encantaban las joyas y cada día lucía unas diferentes, dependiendo de la ocasión y del color del traje que llavaba. Su perfume: Arpege. Su casa olía "a ella". ¡Lita, cuánto te echo de menos!
La casa de Lita se encontraba en la zona del Paseo de Gracia tocando con la Avda. Diagonal, de la Ciudad Condal. Era una casa señorial, con entrada de servicio y entrada "de sres". En la puerta principal siempre te encontrabas con el conserje, un hombre de mediana edad, muy serio, trejeado y repeinado que te abría la puerta solícito y llamaba al ascensor. Nunca supe como se llamaba y eso que cuando nací ya estaba allí y, cuando murió Lita, él siguió en su puesto. En la cuarta planta vivía Lita. Un piso más abajo, el consulado de no sé qué país. Una vez lo visité para hacer un trabajo del colegio.
La casa de Lita era una casa grande, luminosa y muy lujosa. Todo relucía tanto que no te permitía relajarte. Para estar allí debías estar bien vestida, bien peinada y comportarte "como una señorita" en todo momento. Yo me imaginaba que era una princesa y me gustaba estar allí.
Los techos, muy altos, mostraban gravados en pan de oro que resaltaban el blanco del fondo. Las puertas y los muebles, de caoba exquisitamente tallados con adornos de pan de oro, también. Y mármol, mucho mármol y algún mueble chino: el escritorio de Lita. Arañas de cristal relucientes, multitud de mullidas alfombras sobre el suelo de madera siempre brillante y grandes espejos por todas partes.
Todo estaba muy limpio y ordenado, no en vano venían dos personas todos los días, que se ocupaban exclusivamente de la limpiea de la casa, bajo la mirada escrupulosa de la Tía Argía, la hermana menor de Lita. Estas chicas no eran "fijas", sino que iban cambiando con los años. Nunca supe sus nombres, ya que la tía Argía no me permitía hablar "con el servicio". Sólo podía comunicarme con Margarita y con Angela y, cuando alguna estaba presente y teníamos que hablar entre la familia, la tía Argía nos obligaba a hacerlo en italiano, como si ellas no fueran a entendernos. Era muy altiva la tía Argía y nos obligaba a serlo a nosotros. Lita era distinta. Más reservada, más tímida y mucho más cariñosa con todo el mundo. Imagino que le daba pereza discutir con su hermana y la dejaba a su aire, aunque no compartiera sus puntos de vista. Lita era el rey, que reina pero no gobierna, a la que todos servían y adoraban; y la tía Argía era como el presidente del gobierno, "el que corta el bacalao".
Los domingos y "fiestas de guardar", después de la misa matutina, nos reuníamos toda la familia en casa de Lita. Margarita, la cocinera, ataviada con su pulcro uniforme blanco, preparaba exquisitas comidas. La Nonna Vicenta, mi bisabuela, le había enseñado todos los trucos de la cocina italiana y Margarita había sido una alumna aplicada. Recuerdo con nostalgia sus canelones, para cuyo relleno utilizaba un asado de ternera riquísimo; Y sus macarrones a la boloñesa. El pavo asado, el capón relleno, el solomillo de ternera con salsa de setas,... Y sus postres: La crema quemada (receta de mi tierra), el flan, el pudding, las tartas de frutas, la cassatta, ... ¡Qué gran artista Margarita! A mis hermanas y a mí nos trataba con mucho cariño. A media tarde nos llamaba sigilosamente y nos ofrecía un refresco. "Tomároslo aquí, en la cocina. No quiero que vuestros primos vengan". No sé porqué tenía tanta manía a mis primos. A Ángela, el ama de llaves, le ocurría lo mismo. Yo nunca pregunté y ellas nunca me contaron...
Después de comer, nos reuníamos en el salón de familia a tomar el café. Los sillones eran de piel color marfil y presidía la estancia un enorme retrato al óleo de la matriarca: La Nonna Vicenta que murió cuando yo tenía 6 años. Mi madre y la tía Leonor, la mujer del tío Jorge, hacían labores de punto. Parece que mantener una charla no les parecía suficiente y querían aprovechar el tiempo. Manterer las manos ocupadas y competir a ver qué labor era la más bonita era todo su afán. Los niños, mientras tanto, íbamos al cuarto de juegos con Angela que jugaba con nosotros. Sí, Angela era el ama de llaves y la sra. de compañía de mi abuela cuando estaban solas, pero cuando llegábamos los niños se transformaba en niñera (aunque yo la veía como una niña más, a pesar de su avanzada edad). Tenía el pelo negro, como ala de cuervo y vestía "de monja": falda y chaqueta gris y camisa blanca abrochada hasta el cuello. Nunca supe si éste era su uniforme o es que no tenía otra ropa... En vacaciones se iba a Palma de Mallorca donde vivía su hermana. Nosotros, cada año, esperábamos con ansia su vuelta para que nos trajera la ensaimada rellena, la sobrasada y las galletas de Inca. ¡Qué delicias! ¡Qué triste historia la de Angela! Mis hermanas y yo la queríamos mucho. Mi mamá también. Y ella nos adoraba a nosotros y a mi abuela, no así a la tía Argía y a su familia. Nadie del servicio les quería. ¡Qué raro! Aunque... ahora creo saber el porqué. Un día os lo contaré.
En primavera, a media tarde, nos íbamos todos al campo. Margarita nos preparaba una cesta con refrescos y bocadillos de tortilla (malísimos, por cierto ¿por qué no sabía preparar bocadillos, con lo buena cocinera que era?). El tío Jorge, muy solícito, montaba la mesa y los sillones para los mayores, y Angela y nosotros nos íbamos a "explorar". Buscábamos mariposas, plantas raras, madrigueras, "pistas"... Una vez encontramos una cabaña y estábamos seguros que la habitaba una anciana loca que aparecería en cualquier momento para matarnos. ¡Qué día tan emocionante! Nos sentíamos como verdaderos detectives. Vivíamos "las aventuras de los 5" como si estuviéramos dentro de los libros de Enid Blyton.
Otras veces íbamos al aeropuerto "a ver como vuelan los aviones" (frase célebre donde las haya que pasó de primo a primo y que creo que tuve el privilegio de acuñar como prima mayor que era). Lita, la tía Argía y "las nueras" (mi mamá y la mujer del tío Jorge), se quedaban en la cafetería del aeropuerto tomando café. Los niños nos íbamos con el tío Jorge a contemplar aviones. ¡Qué estruendo! ¡Qué alto volaban! En aquella época no todo el aeropuerto estaba cubierto y nosotros los veíamos desde una enorme terraza que daba a las pistas de aterrizaje. El tío Jorge usaba prismáticos y nos contaba cosas de los aviones. Era un piloto frustrado y, cuando contemplaba aviones, se veía a él mismo pilotando y haciendo acrobacias en el aire. Mi papá, por el contrario, se aburría como una ostra. Le veías ir de acá para allá, de la terraza a la cafetería, nervioso, sin ubicarse en ninguna parte y deseando que llegara la hora de volver a casa. Mi padre era hombre de mar, no en vano su papá había nacido en plena travesía Santo Domingo-España en el barco que comandaba mi bisabuelo, contralmirante de profesión. Pero esto es otro tema del que hablaré en otra ocasión.
Hubo una época, en nuestra adolescencia, que les dió porque hiciéramos deporte y acudíamos al colegio de mi padre y mi tío a jugar a basquet. Mi padre y nosotras tres, contra el tío Jorge y sus dos hijos. Ellos eran menos, pero el tío Jorge era más alto que papá y Marian, su hijo mayor, era un experto encestador. Las "sras" nos miraban y continuaban charlando de sus cosas y haciendo punto. Un día, la tía Leonor se animó a jugar, pero la echaron de la cancha. ¡Pobrecita! Dijeron que, si no jugaban las dos mamás, no jugaba ninguna. Mi madre no quiso jugar. Se cansaba mucho y le costaba respirar. Siempre estuvo delicada de salud y todos la trataban con mucho mimo. Así que nunca llegaron a jugar las madres. ¡Qué pena, con lo divertido que hubiera sido!
En las tardes de invierno se alquilaban películas clásicas: El terremoto de San Francisco, Sombrero de copa, Escuela de sirenas y toda la colección de Laurel y Hardy (el gordo y el flaco). En alguna ocasión alguna del maestro Chaplin y, de vez en cuando, dibujos animados: Popeye el marino, Pluto, Donald, Mickey,... Y nos trasladábamos al inmenso salón dorado, cuyo nombre provenía del color de la seda que tapizaba los sofás, los sillones y las butacas estilo Luis XV que lo amueblaban. Allí los muebles eran de color marfil y pan de oro, grandes ventanales, enormes espejos (como no) y cuadros aquí y allí: una cacería, una marina, una escena en un jardín, un jarrón con flores. Éste lo tengo yo. Es el único recuerdo que tengo de mi Lita.
En verano y en semana santa, dejábamos la casa de Lita y nos íbamos a la Costa Brava, donde vivía mi abuela materna: La Mamá Gran. Ya os hablaré de ella otro día.
Yo me quedo, en esta ocasión, con mi Lita, mi abuela y madrina, la mujer que más me quiso en el mundo y que se me fué meses antes de nacer mi hijo. Nunca lo conoció y es algo que siempre me dolerá. "Lita, si lo hubieras visto... Es como papá, rubio, pero tiene tus ojos: azules como el mar. Es guapo y buen mozo. Muy deportista. Es un muy buena persona, con un gran corazón, valiente, emprendedor, inteligente y fiel a sus principios y a su gente. ¡Cómo me recuerda a tu hijo! Ambas trajimos al mundo a dos grandes hombres. ¡Qué bien lo hicimos, ¿verdad, Lita?"
January 02 La aventura comienzaUna amiga me ha hablado de crear un blog y, sin pensarlo mucho, me he animado a hacerlo. No sé si le interesará a alguien lo que escribiré, pero sé que a mí me será útil. He escrito siempre lo que pienso, lo que siento, lo que me ocurre,... y ahora es simple, en vez de usar libretas de espiral, utilizaré mi PC y, si a alguien le sirve lo que escribo, me sentiré muy afortunada.
Mi vida ha sido una sucesión de situaciones difíciles con algunas gotas de felicidad. Ha sido como una extraña montaña rusa de la que no puedes bajarte. Ahora es tranquila, como el mar en calma. Ahora no hay nubes que empañen el sol y las aguas son cristalinas y apacibles. ¡Qué felicidad!
He perdido a mucha gente en el camino, me he sentido muy sola, he llorado mucho y he intentado dejar de sufrir,... Pero ahora estoy en la luz. Tengo a dos personas que me dan todo lo que puedo desear: Mi marido y mi hijo. No tengo a nadie más pero ¡Me siento tan afortunada! tengo amor para dar y, lo más importante, a gente que desea recibirlo. Y me siento tan querida, tan apoyada, tan comprendida que, dentro de "mis circunstancias" soy tremendamente feliz.
Sé que estas "circunstancias" algún día desaparecerán y que volveré a tener fuerza, ilusión y ganas de enfrentarme de nuevo a la vida.
Os seguiré contando. Hay mucha tela que cortar. De momento sólo decir que siempre sale el sol.
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